Hoy es un gran día. Y no me refiero a que tenga más de veinticuatro horas, lo cual resultaría francamente chocante, además de imposible (horarios de verano aparte), sino a que hoy empezamos las emisiones en nuestra flamante emisora nueva de FM. Sonia ha rebautizado la estación de radio como "La era Duwamish", después de que fracasaran mis ingeniosas sugerencias, como "Onda India", "La Radio que no irradia", "Remolacha FM" o "Recicla o te mato", ésta última ciertamente un pelín radical. Sonia y Maggie están convencidas de que van a concienciar a todo el estado de Washington de la necesidad de recuperar los espacios naturales, y devolver a la zona el perdido ecosistema de cuando sus antepasados poblaban estos lares. Yo no tengo valor para decirle que eso es una utopía, no por que tema herirla, sino por temor a que me hiera ella a mí, después de la exhibición que hizo en el bar de moteros.
Son las ocho de la mañana, y Sonia, sentada frente al micrófono, acciona emocionada el interruptor que pone en marcha la emisión. Lo primero que emitimos es una mezcla de pop y canción india tradicional que ha preparado Maggie, y que ha llamado "Manitú MIX", a la cual asisto impávido gracias a los algodones en mis oídos, sentado a su lado y con otro micrófono delante de mí. Sonia me ha dicho que, ya que aún no tenemos casi audiencia, simularemos un debate en el que, cómo no, me tocará hacer de pérfido hombre blanco enemigo de la ecología.
-¡Buenos días, pueblo Duwamish! Hoy empieza una nueva era. Una era en la que nuestra raza se alzará de sus cenizas, recuperará su tierra y le devolverá su esplendor. El mundo nos mirará y se sentirá henchido de orgullo.
-Efectivamente, querida Sonia. Cuando la miro, siento mi orgullo la mar de henchido, sobre todo cuando lleva su traje ritual. ¡Hola, Seattle! Me llamo Julius Marx y soy el malo de la película. Pueden echarme la culpa de todos los desastres ecológicos, y de los otros también. ¡“Desastre” es mi segundo nombre! E incluso el primero, para algunas de mis ex esposas.
-Julius está con nosotros para purgar su culpa como parte integrante de la civilización que arruinó estas tierras.
-Sí, eso. No duden en mandarme sus purgantes, preferiblemente de malta y envejecidos doce años en barrica de roble.
-Sus antepasados arrasaron los bosques, mataron a los animales, contaminaron el agua y expulsaron a los indígenas de sus hogares.
-¿Sí? Qué “antepesados”, ¿no? Además, los míos no pudieron ser, yo soy de Yorkville y mi padre era alsaciano.
-Todos comparten la misma culpa, todos pertenecen a la misma civilización corrupta.
-¡Ah, caramba! ¿Cómo el Pecado Original? ¡Qué poco original! Disculpe, pero si cada uno fuera culpable de lo que hacen sus padres, ¡seríamos responsables de nuestra propia existencia! Una posibilidad aterradora, sin duda.
-Esto… ¡damos paso a publicidad!
Sonia le hace frenéticos gestos a Maggie, que está en los controles, quien se encoge de hombros porque, como aún no tenemos anunciantes, no hay nada que anunciar. Así que la chica, en un alarde de imaginación, vuelve a pinchar el “Manitú MIX”, pillándome desprevenido y sin algodones a mano. Sonia se arranca los auriculares de un manotazo y me mira furibunda.
-¿Qué cree que está haciendo? ¡Su papel es el de miserable hombre blanco arrepentido! ¡No debe replicarme, y mucho menos discutirme!
-Querida, eso que me pide es el ideal de toda mujer frente a los hombres, casada o no. Pero me temo que no voy a prestarme a este juego. Aunque podría alquilarme, a diez dólares la hora. ¡En su vida hallará una oferta tan barata, ni tan mala! Oiga, ¿no cree que así no va a concienciar ni a un solo hombre blanco? ¿Por qué no opta por la reconciliación de los pueblos, o por ofrecer más de sus actuaciones en traje ritual?
-Pe… pero, ¡lo que digo es cierto! El hombre blanco arruinó esta tierra.
-Mire, Sonia, la historia se repite a lo largo de los siglos, sean quienes sean los protagonistas. El fuerte se impone al débil, el rico al pobre, la economía a la ecología y las mujeres a los maridos. ¿O es que su adorado pueblo estaba formado por angelitos? ¿Cree que no hicieron la guerra a sus vecinos para imponer su dominio?
-Yo… visto así…
-Mire, pequeñuela, deje la estrategia al tito Julius. Primero ganemos popularidad, y audiencia, y después difundiremos el mensaje. ¡Será glorioso! ¡Nos oirán hasta los ciegos! ¡Nos verán hasta los sordos! ¡Nadaremos en la abundancia!
-¿Nos haremos millonarios? –pregunta Maggie, ilusionada.
-No, nadaremos en el río cuando el caudal sera abundante. ¡Y estará tan limpio que se podrá comer en él! Sopa, lógicamente.
-Entonces, ¿qué propone?
-¡Haremos un concurso de preguntas y respuestas! Eso siempre gusta a la gente que le gusta. Pero necesitamos un patrocinador, que aporte los premios, a no ser que…
-¡Ni pensarlo! ¡Olvídese de una vez del traje ritual!
-Ya lo intento, pero no puedo…
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martes, mayo 20, 2008
Primera emisión
martes, abril 29, 2008
Crimen y castigo
Sonia y yo caminamos de vuelta a su casa, tras el incidente del bar. Ella me lleva firmemente sujeto del brazo, y camina a paso ligero, con el ceño fruncido, sin ni siquiera mirarme.
-¿Qué va a hacer conmigo? –le digo.- Le advierto que no conseguirá arrebatarme mi dignidad, porque nunca la he tenido. Una vez estuve a punto de tenerla, pero el maldito sacerdote fue tan rápido al casarnos que no me dio tiempo a huir.
-Debería arrancarle esa fea cabellera por engañarme tan vilmente, haciéndome creer que la gente venía a ver mi danza ritual, cuando en realidad sólo querían verme las piernas.
-En realidad las piernas era lo mínimo que esperaban ver, me temo. Tiene razón, soy un canalla y carezco de escrúpulos. Sólo careciendo de ellos se explica que haya logrado hacerle cuatro hijos a mi primera esposa.
-Me ha puesto en ridículo, a mí y a mis antepasados.
-No sufra, ellos ya lo eran, con esas plumitas en la cabeza y la cara pintada de colores.
-¿¿Cómo dice??
-Nada, nada. No se enfade. Pero hoy en día esa vestimenta no se ve fuera de un circo, reconózcalo.
-¿Acaso las vestiduras de hoy en día son menos absurdas? ¡Mírese al espejo!
-De acuerdo, ¿tiene alguno a mano? Los últimos cinco que usé se rompieron.
-No exagere, que no es usted tan feo.
-Ya lo sé, pero el cristal suele romperse cuando recibe el impacto de la vajilla, arrojada por una esposa furibunda. Espere, ¿qué ha dicho? No me diga que le gusto…
-Yo no he dicho eso.- replica, sonrojándose.
-Claro, claro, pero a veces se dicen las cosas sin decirlas. Mi hermano Harpo era especialista en eso, claro que él tenía una bocina.
-Ya llegamos a casa, prepárese a recibir su merecido.
-Está bien, seguramente me merezco mi merecido. Debe ser que estoy en edad de merecer. Pero tenga piedad, soy muy joven para morir. Bueno, joven en general no, pero para morir sí. En realidad no quisiera morir antes de ver mi sueño cumplido.
-¿Y cual es ese sueño?
-No morirme.
-Eso es imposible.
-No hay nada imposible, créame. Yo he visto cosas que sorprenderían a la mayoría de la gente.
-¿Como por ejemplo…?
-A mi suegra en ropa interior. Una visión sorprendente, desde luego. Yo creía que la talla más grande era la XXL. ¡Qué equivocado estaba! No había visto tantas equis juntas desde la última vez que estuve en la cárcel y llevaba la cuenta de los días en la pared. Había tantas que la etiqueta del camisón casi le servía de cinturón.
A su pesar, Sonia deja escapar una carcajada, que reprime a duras penas en un gesto severo, mientras abre la puerta de su apartamento y me arroja dentro de un empujón. Dentro nos espera su amiga Maggie, sentada en una silla, con una caja de zapatos en el regazo, que me dedica una mirada burlona. De otro empujón, Sonia me derriba sobre el sofá, donde quedo sentado y mirándole con cara de cordero degollado.
-Bien, ¿le parece bonito lo que ha hecho conmigo?
-Realmente, se me ocurren cosas más bonitas que hacer con usted. Créame cuando le digo que no era mi intención realizar un acto intencionado, aunque la intención era buena. ¿Cuáles son sus intenciones?
-Ya se lo he dicho, darle su merecido. Le aconsejo que cierre los ojos.
-Caramba, que avara es usted. Ni siquiera gasta un pañuelo para cubrir los ojos del condenado.
-No uso pañuelos de tela, sólo de papel y ecológicos. No querrá que le vende con un kleenex…
-No, porque tendría narices. Está bien, acabemos de una vez. Al menos lo último que veré será una cara hermosa.
Por un instante, la expresión de Sonia se dulcifica, pero enseguida lo oculta y vuelve a endurecer la mirada. Resignado, cierro los ojos y espero el fatal desenlace… sólo para notar un perfume embriagador y unos dulces y tiernos labios que se posan sobre los míos durante unos maravillosos segundos.
Abro los ojos, sorprendido, y veo a Sonia que me sonríe, y a Maggie que se parte de risa en su silla. De pronto, abre la caja que llevaba en el regazo y me enseña el contenido. Está a rebosar de billetes.
-Mientras todos corrían persiguiéndole a usted, yo huí en dirección contraria con la recaudación. –dice Maggie.- Si las cuentas no me fallan hay unos seis mil dólares.
-Más que suficiente para comprar una emisora de FM con la que daremos cobertura a toda la ciudad. –añade Sonia.- Y usted lo ha hecho posible. De forma poco ortodoxa, es cierto, pero efectiva.
-¿Entonces no me va a echar de su casa? –pregunto, esperanzado.
-¿Echarle? –dice, riendo.- Ni pensarlo. Necesitamos un locutor, y creo que usted ha nacido para ello, ¿no cree?
miércoles, abril 09, 2008
Se acabó la fiesta
La actuación de Sonia ha terminado bruscamente, al abandonar el escenario intentando atraparme, con intenciones no muy amistosas. Pero como soy gato viejo en estas lides (sobre todo viejo), he puesto pies en polvorosa tan pronto como la he visto acercarse, y héme aquí corriendo desaforadamente por las calles de Seattle, perseguido por Sonia, la cual a su vez es perseguida por toda la audiencia masculina que había venido a contemplarla. Sólo falta la musiquilla de 'Yakety Sax' para redondear la escena.
Apenas llevo recorridas tres manzanas, y ya estoy resoplando como un búfalo, y es que a mis pulmones no les sienta nada bien el ejercicio, acostumbrados a las nubecillas azuladas que desprende mi puro. Sin embargo, gracias a mi profundo desconocimiento de la ciudad, he conseguido perderme, aunque de haber tenido un GPS lo hubiera conseguido mucho antes. Parece que los he despistado, así que lo mejor será que busque el centro asistencial más cercano para recobrar mi maltrecha salud... Casualmente aquí hay un bar que cumplirá perfectamente esta función.
El local está medio en penumbra, y un espeso humo de tabaco flota en el ambiente. Un cartel de neón de la omnipresente marca de cerveza luce tras la barra, y entre ambos se planta una preciosa camarera de melena rubia y escote vertiginoso. Al fondo hay una mesa de billar donde tres enormes motoristas vestidos de cuero interrumpen su partida para dedicarme una larga mirada, mucho más larga que la de la rubia, para mi desilusión. Me siento en una mesa solitaria, parapetado tras un vaso de whisky, y enciendo mi puro con un suspiro de placer. Los motoristas cuchichean entre ellos y de pronto, el más grande de los tres se acerca hacia mí.
-¡Eh, amigo! ¿Es usted forastero?
-Cuando estoy fuera de casa, sí. E incluso lo fui en mi propia casa, cuando estaba casado.
-Por aquí es costumbre que los forasteros inviten a un trago, ¿no es verdad, chicos? -dice, dirigiéndose a los otros brutos, que nos miran desde la mesa de billar y asienten con gesto grave.- Así que ¿por qué no cumple con la tradición y nos pide unas cervezas? -dice, apoyándose en mi mesa con las dos manos y haciéndola crujir.
-¡Eso está hecho, muchachote! ¡Eh, encanto, ponle unas cervezas a estos amigos!
-No se confunda, mequetrefe. -me dice, inclinándose sobre mí, y obligándome a echarme hacia atrás en mi silla.- No somos sus amigos.
-Pero son ustedes amigos, ¿no? Así que la frase es técnicamente correcta, lo cual es más de lo que se puede decir de ustedes.
-¿Está diciendo que yo no soy correcto?
-Es correcto. Usted no, lo que dice usted sí. ¿Le parece correcto?
Con un grito, alza su enorme puño y lo descarga contra la mesa, partiéndola de un solo golpe. Menos mal que me ha dado tiempo a salvar el whisky.
-A mí nadie me llama... me llama... -se gira y se dirige a uno de sus amigotes.- ¿Qué es lo que ha dicho, Murray?
-No se qué de correcto.
-¡Exacto! Se cree muy listo porque sabe palabras muy largas, ¿verdad? -me dice, apuntándome con un dedo gordo como una salchicha.- Pues aquí no nos gustan los listos.
-Eso es más que evidente, caballero.
El bruto se queda unos segundos mirándome, con la boca abierta y el dedo a un palmo de mi nariz, buscando una réplica adecuada. Casi se pueden oir los engranajes de su cerebro. Al final se gira de nuevo, mirando otra vez a Murray.
-¿Eso qué quería decir?
-No sé, pero tú atízale por si acaso.
La propuesta parece gustarle, porque suelta otro de sus berridos y alza de nuevo su mano, esta vez dirigida a mi cabeza. Me cubro la cabeza con los brazos, esperando el mamporro de un momento a otro, pero lo que oigo es un grito de dolor procedente de esa bestia. Aparto los brazos y me quedo de piedra al ver a Sonia entre el motorista y yo, enarbolando un taco de billar con el que acaba de dejarle sin aliento, al golpearle en la boca del estómago con la punta. Está espléndida con su mini vestido, sus bien torneadas piernas brillando a la luz del neón, y el palo apuntando hacia adelante, bien sujeto bajo el sobaco derecho.
-Vamos, valiente. -le reta, alzando la orgullosa barbilla.- Veamos la bravura de los hombres blancos.
Los motoristas se abalanzan sobre ella dando alaridos, pero todo termina muy rápido. El taco de billar se mueve con rápidez fulgurante, zumbando en el aire, y en pocos segundos los tres yacen en el suelo, gimiendo de dolor. Sonia arroja un puñado de billetes sobre la barra y me agarra del brazo, empujándome a la salida.
-Por los desperfectos.-le dice a la camarera.- Y usted, camine.
-¿Vamos al barbero? -le digo, mirándola fascinado.
-Tranquilo, su cabellera está a salvo... de momento. ¡Andando!
martes, marzo 18, 2008
Ritos extraños
La algarabía en la calle es considerable. Una cola de personas que ocupa tres manzanas se extiende hasta la misma puerta del viejo edificio donde está el piso de Sonia. Hemos acondicionado el descuidado jardín lo mejor que hemos podido, y hemos construido en él una tarima a base de palets viejos. Frente a la puerta de la oxidada valla, Maggie, la amiga de Sonia está sentada en una silla plegable, frente a una mesa de cámping, y vende los tickets a los ansiosos espectadores. Sonia mira nerviosamente a través del visillo de la ventana del comedor. Lleva puesto su minúsculo traje ritual, y al inclinarse hacia adelante la faldita se eleva tanto que deja muy poco a la imaginación del espectador. Yo estoy detrás de ella, sin necesidad de usar mi imaginación, y estoy perfectamente caracterizado como gran jefe indio, con mis gafas, mi bigote pintado, mi puro, mi levita y un penacho de plumas de papel de colores en la cabeza, que hemos comprado en una juguetería. Llevo en la mano un arco y una flecha de plástico, con la que apunto juguetonamente a ese lugar de Sonia del que hablábamos hace un momento.
-¡Jamás hubiera imaginado que hubiera tanta gente interesada en los ritos ancestrales de mi pueblo! ¡Es fantástico!
-Créame, querida, en cuanto la gente veía los folletos con su foto en traje ritual que distribuí por toda la ciudad, había bofetadas por hacerse con ellos. Curiosamente, yo las recibía todas.
-¿Por qué? -pregunta ella, sin volverse.
-Porque me los quería quedar yo, por supuesto. Yo también estoy muy interesado en los ritos Duwamish... -respondo, acercando un poco más la flecha de juguete a su faldita.
En ese momento Sonia se separa de la ventana para replicar, y su trasero topa con la punta de ventosa de la flecha, que no me ha dado tiempo a apartar, y que se engancha a su... a su... bueno, allí.
-¡Oiga! ¿Qué hace, so fresco? -me grita, indignada.
Rápidamente dejo caer los objetos del delito, y levanto las manos como si me estuvieran apuntando con un rifle.
-¡Soy inocente! ¡Ha ido el trasero a la flecha, y no la flecha al trasero, así que no es penalty!
-¡No me gusta que me traten como a una mujer objeto!
-No tengo nada que "objetar", y mucho menos a usted. -respondo, y trago saliva al mirar de nuevo la inmensa cola, formada exclusivamente por hombres.
-Eso espero. -dice ella, y se pone las manos en las sienes, cerrando los ojos. -Debo concentrarme, para hacer bien el ritual y no decepcionar a los espíritus ancestrales.
-A los espíruts ancestrales no sé, pero a los cuerpos contemporáneos seguro que no los decepciona.
-¿Qué dice? ¡No me líe, que ya estoy bastante nerviosa!
-Pero si no tiene que hacer nada, sólo suba allí y haga su baile. Y sobre todo, no mire al público y no se quite los tapones de los oídos.
-Eso no lo entiendo, ¿por qué tengo que llevar tapones?
-Ejem... para que los gritos de entusiasmo de la gente no la desconcentren... esto... ¿usted no sabrá leer en los labios, verdad?
-No, ¿y usted?
-Tampoco, pero sí escribir en ellos con los míos, ¿quiere comprobarlo? Por ser usted, lo haré gratis.
-¡Ni lo sueñe! No crea que me va a engañar con sus truquitos.
-¡Jamás se me ocurriría! -replico, aparentando indignación y mirando de nuevo a la gente que espera en la calle.
El pequeño jardín ya se encuentra abarrotado, y los lujuriosos espectadores reclaman a gritos que empiece el espectáculo. Pongo las manos sobre los hombros de Sonia y la empujo hacia la puerta trasera.
-Hale, que el público se impacienta. ¿Se ha puesto ya los tapones?
-¿Qué?
-Nada, nada. -me paro frente a ella, y le hablo por señas.- ¡Ahora, tú bailar! -la señalo, señalo el improvisado escenario, luego a mí mismo, y me estiro del pelo.- ¡Yo acompañarte y luego tú cortar cabellera a mí cuando descubrir verdad! ¿Capisci?
-¿Qué?
-Se acabó la charla, ¡arriba!
La tomo de la cintura, y la subo a la tarima. Luego subo yo, y hago señas al público pidiendo silencio.
-¡Damas y...! Esto... ¡Caballeros y caballeros! ¡Desde las más altas montañas... -señalo discretamente el busto de Sonia.- ...hasta los más profundos valles... -y ahora su liso vientre, donde reluce el piercing de su ombligo- ...el pueblo Duwamish tiene mucho que enseñarnos! ¡Pido un fuerte aplauso para la señorita Sonia, y así de paso veo dónde tienen las manos! Con ustedes, la salvaje e indomable hija de la naturaleza... ¡Sonia!
Una atronadora ovación hace temblar el suelo, cuando Sonia se dirige al centro del escenario. Tímidamente, con la cabeza baja, empieza a mover los brazos, ondulándolos a ambos lados, y luego patea la madera con ambos pies, marcando el ritmo, mientras el público muestra educadamente su aprobación.
-¡Vamos, nena! ¿No tienes calor con tanta ropa?
-¡Enséñanos tu penacho, venga!
-¿Quieres fumarme la pipa de la paz, preciosa?
-¡Espera, que desentierro el hacha de guerra!
Sonia me mira extrañada, mientras baila. De pronto, se detiene, se echa las manos a los oídos y se quita los tapones.
-¡No! -grito, pero es demasiado tarde.- ¡Adios cabellera!, pronto tendré que pintármela como el bigote... -reflexiono, al ver cómo su rostro se vuelve escarlata y me mira, echando rayos por los ojos.
lunes, marzo 10, 2008
Radio Macuto
Tras nuestro fracasado picnic en el río, hemos vuelto a casa de Sonia. Ella está furiosa, y no para de maldecir en lengua dwamish, y aunque no entiendo una palabra, por el tono y la agresividad que emplea, no me gustaría ser el blanco de sus iras, las cuales se dirigen contra el hombre blanco por cargarse el ecosistema fluvial. O sea, que el hombre blanco es el blanco, pero yo, aunque soy blanco, no soy el blanco, pues me ha tomado de rehén para que le ayude en su cruzada ecologista. Resumiendo: la piel roja contra el hombre blanco, ayudada por un blanco al que tiene negro, después de ponerle verde porque no se puso rojo al ver el río marrón por culpa de sus hermanos blancos. Solo faltan los pitufos y ya tenemos un arco iris.
Sentado en el sofá, con los pies sobre la maceta del cactus, la observo caminar arriba y abajo del comedor, despotricando, mientras saboreo un zumo rancio de remolacha, que es lo más parecido a un whisky que hay en la casa, ya que por lo menos rasca en la garganta.
-¿Qué se han creído esos blancos? ¿Que la naturaleza es suya? ¡La tierra pertenece a quien la honra y la respeta!
-Ya, como la esposa. Y luego se larga con cualquiera que la trata peor que su marido. O no lo hace, que es peor.
-¡Hemos de pasar a la acción! ¡Lanzaremos una campaña desde nuestra emisora denunciando ese desastre ecológico!
-Una campaña en televisión con usted en traje ritual captaría más audiencia, se lo aseguro. Y sin el traje, ya reventaríamos el ‘share’.
-¡Usted! –me espeta, apuntándome con el dedo a dos centímetros de mi nariz.- ¡Hombre blanco! ¡Verdugo de la naturaleza! ¡Seguro que le importa un rábano todo lo que no sea su asquerosa ciudad!
-¡No es cierto! –me defiendo.- Cuando era niño, la ventana de mi habitación daba a las montañas, y yo siempre estaba asomado a ella.-¿De verdad? –contesta, sonriendo.- ¿A que eran hermosas las montañas?
-Ni idea, me las tapaban catorce manzanas consecutivas de edificios.
-¿Y entonces por qué se asomaba a la ventana?
-Para ver a las niñas saltando a la cuerda en el callejón. ¡No se imagina cuánto se les levantaban las faldas!
-¡Es usted un degenerado! –me grita, tirándome a la cabeza el pañuelo que llevaba en la mano.- ¡No sé por qué le he acogido, fuera de mi casa!
El pañuelo me cae en la cabeza, cubriéndome media cara. La miro fijamente con el ojo libre.
-Oiga, no se sulfure. Puedo ayudarla, créame. Si se trata de llamar la atención, no hay nadie mejor que yo. ¡Me conocen incluso en lugares que yo no conozco! Comisarías aparte, claro está.
-¿Ah, sí? Dígame, ¿qué piensa hacer?
-Deme un programa de radio en su emisora y yo me encargo del resto. En solo un par de semanas nos haremos famosos, de una manera u otra, aunque sólo una de ellas sería deseable. Dígame, ¿en qué emisora trabaja? ¿la BBC, la CNN, la CBS…?
-No, la RADIO.
-Ya, ya, la radio, ¿pero qué emisora?
-Se lo estoy diciendo, la RADIO. Radio Amateur Duwamish Indian Online. La voz del pueblo Duwamish.
-Ejem, y esa voz, ¿grita mucho o habla en susurros? Quiero decir… ¿cuántos oyentes tienen?
-Ni idea. Nosotros no estamos vendidos a las empresas de control de audiencia. ¡Pura basura para engañar al público y manipularlo!
-Y de paso se evitan decepciones. Muy inteligente. ¿Y cuántas personas trabajan en esa… emisora?
-Maggie y yo.
-¿Maggie? ¿Quién es Maggie?
-Mi mejor amiga. Pura raza Duwamish, como yo. Espere, le enseñaré una foto.
Sonia se va trotando a la habitación, momento que aprovecho para coger mi americana, ponerme los zapatos y empezar a escabullirme. Pero antes de que pueda abrir la puerta, aparece de nuevo con una foto enmarcada en la mano, y me la planta delante de la cara.
-Aquí estamos Maggie y yo. –me dice, ufana.
Contemplo el retrato y veo a una oronda mujer de tez morena, vestida con una sábana de colores y luciendo una cinta con motivos indios rodeándole la cabeza.
-Vaya, ahora comprendo lo de la ecología. Apuesto a que también están en contra de la caza de ballenas.
-Sí, ¿cómo lo sabe? –me dice, sorprendida.
-Listo que es uno… Oiga, yo sólo la veo a ella en la foto, ¿y usted?
-Ahí, a su lado. Sólo se me ve un poco el hombro… Es que no teníamos gran angular. Ya verá cuando la conozca, tiene un gran corazón.
-Y un trasero a juego, por lo que veo.- digo en voz baja.- Ejem, ¿y dónde tienen el estudio?
-Ahí, en el cuarto de atrás. –me dice, señalando la puerta abierta a través de la cual se ve una desvencijada emisora de radio.
-Iba a preguntar por la potencia de la antena, pero ya me lo imagino. Apuesto a que alcanza la calle de enfrente sin problemas.
-No crea, cuando hay niebla a veces se oye un poco mal.
-¿Qué hacen entonces? ¿Asomar la cabeza por la ventana y hablar más alto? Así no haremos nada, necesitamos un equipo profesional.
-¡Pero eso cuesta mucho dinero!
-¿De veras? ¡Vaya, y yo que creía que los regalaban con los donuts! ¡Pues claro que cuesta dinero! Pero tengo un plan, ya verá, confíe en mí y no se arrepentirá o yo no sobreviviré, una de dos.



